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10 de Julio 2012
Viaje al Valle del Tetero

Todos los viajes tienen un propósito. Es casi un axioma. Viajamos para saciar necesidades y deseos. Es parte de nosotros como especie trasladarnos en busca de obeliscos que señalen el punto de nuestro gozo. En definitiva, como humanos, nos movemos porque el hecho de ser sedentarios nos ata a una monotonía fatal, que corroe nuestra vida y nuestros sentidos.

El pasado viernes 7 de junio,  el Colegio Dominicano de La Salle organizó una vez más la excursión al Valle del Tetero. Ubicado a 1,562 metros sobre el nivel del mar en la provincia de San Juan, a pocos kilómetros de las fronteras aledañas de Azua y La Vega, este valle es uno de los sitios eco turísticos más visitados de la República Dominicana. La excursión (que tiene una duración de cuatro días seguidos) tiene como objetivo dar a conocer (en este caso a los estudiantes de Tercero de Bachillerato de nuestro Colegio) esta interesante área de la geografía nacional.

El viaje en sí comienza al llegar al parque nacional Armando Bermúdez, en donde se duerme para luego tomar la larga y ardua ruta hacia el valle. La ruta, que tiene duración de unas nueve horas, recorre terrenos y relieves variados. Cenagales, pinares, montañas; todo esto conforma un reto para la persona acostumbrada a los caminos de asfalto.

Al llegar al valle se instalan las casas de campaña y se dispone a hacer uso del lugar. Un río queda muy cerca del campamento  y una amplia llanura en donde pastan vacas y equinos se pierde hasta toparse con las faldas de las montañas. Es aquí donde presenciamos a las Tierras del Caballo. El lugar en donde descansan monteros y personas del entorno rural despide ese aire salvaje y áspero propio de las landas dominadas por la silla de montar. Como centauros, los monteros se mueven raudos a base de látigo y herradura; son gente sencilla.

Las noches, frías y repletas de estrellas, son amansadas por el calor de una fogata. Uno que otro mulo rebuzna en la lejanía y las aguas del río no ralentizan su canto. La comida, caliente  y reconfortante, alivia los dolores que surgieron a raíz de la dura caminata. Estamos ante un entorno primigenio y bucólico.

El domingo, con la rapidez que nuestros cuerpos poseen (el frío ha congelado nuestras manos), empacamos y nos vamos. Como si no hubiéramos estado allí, nos alejamos del sitio que nos ha acogido y permitido admirarlo. Lo dejamos quizás no de forma nostálgica pero sí con cierto pesar. Después de todo, ¿aquello no fue el propósito? 

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